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A usted, Amor, que me rompió por dentro:

  • Sep 30, 2016
  • 2 min read

Feliz septiembre, su mes: el del otoño, las flores marchitas y los árboles congelados. No es casualidad que sean los 30 días que le recuerdan al mundo lo efímeros que son los colores de la primavera y el calor del verano, justo los que traen el frío y la soledad.

Hoy le escribo para agradecerle a usted, que me besó sin miedos, me tocó sin mapas y que con sus dedos hizo de las pecas de mi espalda un universo de constelaciones. Porque sin usted, señor Amor, no sabría qué se siente sonrojarme por arte de magia cada vez que a usted se le entra en gana meterse en mis pómulos y colorearlos.

Aunque usted sea agridulce, hace magia. Me llena de sueños cursis y –no sé cómo- me obliga a perder el tiempo en sus brazos mirando al techo, cuando tengo tantas otras cosas importantes por hacer en las cuales no incluyo estar enamorada: organizar mi cuarto, terminar ese ensayo, cortarme el pelo y hacer dieta.

Por la infinitud de ‘primeras veces’ que usted crea, porque hace que el tiempo pase rápido cuando a usted le da por alborotarse, pero muy lento cuando le da el capricho de dejar todo tirado, por los sueños mojados y las ilusiones estúpidas: gracias.

Sin embargo, querido Amor, todos esos trucos suyos son inútiles. Debo confesarle que mi gratitud esta vez es hacia el único súperpoder útil que usted tiene: el olvido. Sin él, no podría sobrevivir a su ausencia, perdonarlo por haberme vuelto mierda ni mucho menos amar de nuevo. Así que le agradezco, Amor, por existir con su contrario, que así como el ying yang, da el equilibro perfecto para no morir por su culpa.

 
 
 

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